El Sol
- Abraham David Nissan

- 9 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Todo hombre es una extensión de Dios
Hablar de que todo hombre es una extensión de Dios no significa reducir la divinidad a la forma humana, ni atribuir al ser humano un poder absoluto. Significa

reconocer una verdad profunda: la chispa que anima a cada persona proviene de una Fuente ilimitada. Somos, según los sabios y los textos místicos, un rayo emanado del Sol infinito. No somos el Sol, pero sin él no existiríamos; no brillamos por nosotros mismos, pero participamos de Su luz.
La tradición enseña que antes de nacer, el alma es un fragmento de la Luz superior, una parte interna del pensamiento divino. Cuando desciende al mundo, esa luz se envuelve en un cuerpo, en emociones, en desafíos y en historias personales. Sin embargo, su origen no cambia: sigue siendo una parte de Dios proyectada hacia la realidad material para cumplir un propósito. Cada hombre es, por lo tanto, una manifestación de esa voluntad divina, expresada de manera única e irrepetible.
Ser una extensión de Dios implica ser co-creador. No estamos aquí como espectadores, sino como socios en la obra de la existencia. Cada palabra, cada decisión, cada acto de bondad o de injusticia altera el tejido espiritual del mundo. Cuando un hombre eleva algo —un pensamiento, un deseo, un gesto— está elevando una parte de la Creación entera, porque esa chispa interior conecta con la totalidad.
De igual forma, esta idea no lleva al orgullo sino a la responsabilidad. Si lo divino palpita en cada ser humano, entonces la dignidad del otro es sagrada. Mirar a alguien con desprecio es no reconocer la luz que lleva dentro; actuar con violencia o falsedad es ensuciar la propia raíz.
Comprender que somos extensiones de Dios es comprender que la vida no es accidental. Cada uno es un canal de Su presencia en el mundo, un fragmento vivo del pensamiento eterno. Y cuando el hombre actúa con verdad, amor y justicia, la extensión se convierte en espejo, revelando —aunque sea por un instante— el brillo del infinito que nos habita.




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