Nunca estás solo: Shuljan Aruj
- Abraham David Nissan

- hace 3 días
- 4 min de lectura

Judaismo
Por A.D.N.
Hay una diferencia sorprendente entre la persona que somos cuando alguien nos observa y la persona que somos cuando creemos que nadie puede vernos.
Entramos a una entrevista de trabajo y automáticamente cambia nuestra postura. Nos sentamos correctamente, medimos nuestras palabras, cuidamos nuestros gestos y pensamos antes de responder.
Subimos a un escenario y ocurre algo parecido. Sabemos que cientos de ojos pueden estar observándonos. Cada movimiento adquiere importancia.
Pero llegamos a casa, cerramos la puerta y todo cambia.
Caminamos de otra manera. Nos sentamos de otra manera. Podemos hablar solos, perder la paciencia, vestirnos sin cuidado o hacer cosas que jamás haríamos delante de otras personas.
¿Por qué?
Porque creemos que estamos solos.
Y precisamente ahí comienza una de las enseñanzas más profundas del Kitzur Shulján Aruj.
“He puesto a Dios siempre delante de mí”
El primer capítulo comienza con una idea basada en el versículo de los Salmos:
“Shiviti Hashem lenegdí tamid” — “He puesto a Hashem siempre delante de mí” (Salmos 16:8).
No es simplemente una frase religiosa. Es una propuesta radical acerca de la conciencia humana.
El Kitzur Shulján Aruj enseña que el comportamiento de una persona no es igual cuando está sola en su casa que cuando se encuentra delante de un gran rey. Ante una autoridad importante, controla inmediatamente sus movimientos, sus palabras y su conducta.
Y si esto sucede delante de un ser humano, ¿qué debería ocurrir cuando una persona comprende que se encuentra permanentemente ante el Rey de reyes?
Ahí aparece la paradoja.
La extraña transformación de una entrevista
Imaginemos que una persona está esperando una entrevista por videollamada.
Faltan veinte minutos.
Está sola.
Camina despreocupadamente por la casa. Come algo. Mira el teléfono. Se deja caer sobre el sofá.
Entonces aparece el mensaje:
“La entrevista comienza ahora.”
En segundos se transforma.
Se arregla el cabello. Endereza la espalda. Comprueba la cámara. Cambia el tono de voz.
—Buenos días. Es un placer conocerlos.
¿Qué ocurrió?
La casa sigue siendo la misma.
La silla sigue siendo la misma.
La persona sigue siendo la misma.
Solo cambió una cosa:
ahora sabe que la están mirando.
Ese pequeño cambio de conciencia reorganiza todo su comportamiento.
El Kitzur Shulján Aruj propone trasladar esa conciencia a nuestra relación con Dios.
La verdadera audiencia
Desde esta perspectiva, nuestra vida entera sucede delante de una audiencia invisible.
Cuando estamos en una sinagoga, resulta relativamente fácil recordar a Dios.
El desafío comienza cuando cerramos la puerta de casa.
Cuando nadie puede felicitarnos.
Cuando nadie puede criticarnos.
Cuando nadie sabrá lo que hicimos.
Precisamente entonces aparece la pregunta fundamental:
¿Quién soy cuando nadie me está mirando?
Para la tradición judía, la respuesta contiene una paradoja extraordinaria:
nunca existe realmente un momento en el que nadie esté mirando.
Dios está presente.
No importa si estamos delante de diez mil personas o completamente solos en una habitación.
Dos versiones de nosotros mismos
Existe, de alguna manera, un “yo público” y un “yo privado”.
El yo público sabe comportarse.
Sonríe.
Saluda.
Controla su lenguaje.
Espera su turno.
El verdadero trabajo espiritual consiste en reducir progresivamente la distancia entre esas dos personas.
Que nuestra dignidad no dependa de una cámara.
Que nuestra honestidad no dependa de un supervisor.
Que nuestra bondad no necesite espectadores.
Que nuestra moralidad no comience cuando alguien entra por la puerta y termine cuando esa persona se marcha.
Shiviti Hashem lenegdí tamid.
Hashem está delante de mí siempre.
No se trata simplemente de sentirse vigilado
Sin embargo, sería demasiado pobre interpretar esta enseñanza como si Dios fuera una gigantesca cámara de seguridad celestial.
La idea es mucho más profunda.
Vivir delante de Dios significa desarrollar conciencia de Su presencia.
Una persona puede encontrarse físicamente sola y, sin embargo, sentirse acompañada espiritualmente.
Entonces incluso los pequeños actos adquieren significado.
Cómo hablamos cuando estamos enfadados.
Qué hacemos con aquello que no nos pertenece.
Cómo utilizamos internet cuando nadie observa la pantalla.
Cómo tratamos a una persona de la que no necesitamos absolutamente nada.
Qué pensamientos alimentamos.
Qué hacemos cuando podríamos mentir y sabemos que probablemente nunca seríamos descubiertos.
Ahí comienza una forma profunda de yirat Shamayim, temor o reverencia al Cielo.
La habitación vacía que no está vacía
Imaginemos ahora una habitación completamente vacía.
No hay cámaras.
No hay teléfono.
No hay vecinos.
No hay público.
No hay consecuencias sociales.
Solo una persona.
Desde una perspectiva puramente social, puede sentirse libre de la mirada de los demás.
Pero desde la perspectiva del primer capítulo del Kitzur Shulján Aruj, esa habitación contiene una Presencia infinita.
Y entonces sucede algo extraordinario:
la moral deja de depender de la sociedad.
Ya no soy honesto porque podrían descubrirme.
Soy honesto porque estoy delante de Dios.
Ya no controlo mis palabras solamente porque alguien podría escucharlas.
Las controlo porque mi propia existencia ocurre ante Él.
Ya no necesito una audiencia para comportarme dignamente.
Vivir como si la entrevista nunca terminara
Tal vez podríamos expresar esta antigua enseñanza mediante una imagen moderna:
vive con la conciencia que tienes durante una entrevista importante, pero sin la actuación.
No significa permanecer rígido las veinticuatro horas.
Tampoco significa vivir aterrorizado pensando que cada movimiento está siendo juzgado.
Significa conservar la conciencia de dignidad que aparece cuando sabemos que estamos ante alguien importante.
Porque, según esta enseñanza, estamos permanentemente ante Alguien infinitamente importante.
La puerta de casa puede cerrarse.
La cámara puede apagarse.
El público puede marcharse.
La entrevista puede terminar.
Pero la relación entre el ser humano y su Creador continúa.
Quizá por eso el Kitzur Shulján Aruj comienza prácticamente desde el instante en que una persona abre los ojos por la mañana.
Antes de enseñarnos cómo relacionarnos con el mundo, nos enseña delante de Quién vivimos.
Y entonces comprendemos algo que puede transformar completamente nuestra conducta:
estar solo y estar sin testigos no son la misma cosa.
Puedes encontrarte solo en una habitación.
Pero ante Dios,
nunca estás solo.




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