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Editorial: Entre la Espada y la Palabra

  • Foto del escritor: Abraham David Nissan
    Abraham David Nissan
  • 23 ago
  • 4 min de lectura


Editorial

A.D.N.


Hay momentos en la historia de un pueblo en los que la pregunta fundamental deja de ser únicamente cómo sobrevivir. Surge una pregunta mucho más difícil:

¿Para qué sobrevivimos?

Israel vive desde hace años bajo una realidad en la que la seguridad nacional ocupa inevitablemente una parte enorme de la conversación pública. Guerra, terrorismo, Irán, Gaza, fronteras, rehenes, ejército, diplomacia y alianzas internacionales forman parte del vocabulario cotidiano.

La espada, en determinadas circunstancias, es necesaria.

Pero una civilización no puede vivir solamente de la espada.

Porque la espada puede defender una frontera, pero no puede enseñar a un niño por qué esa frontera merece ser defendida.

Puede destruir un misil, pero no puede construir una idea.

Puede derrotar a un enemigo, pero no puede escribir un poema.

Puede ganar una batalla, pero jamás podrá decidir por nosotros qué clase de sociedad queremos construir después de la batalla.

Ahí comienza la palabra.

La fuerza y la palabra

La tradición judía nunca fue completamente ajena al poder. La Biblia está llena de guerras, reyes, ejércitos y conflictos políticos. Abraham combate. Josué conquista. David empuña la espada.

Pero David también escribe Salmos.

Y quizá allí encontramos una de las grandes paradojas de la civilización hebrea.

El mismo hombre puede ser guerrero y poeta.

Puede comprender la necesidad de defender Jerusalén y, al mismo tiempo, levantar los ojos hacia las montañas preguntándose de dónde vendrá su ayuda.

El judaísmo nunca redujo al ser humano a una sola dimensión.

Por eso, cuando pensamos en el futuro de Israel, no deberíamos elegir simplemente entre fuerza y espiritualidad, entre ejército y educación, entre tecnología y tradición.

El desafío consiste en integrarlos.

Necesitamos la espada que protege la palabra y la palabra que gobierna la espada.

¿Qué estamos defendiendo?

Esta pregunta debería estar presente detrás de cada decisión nacional.

¿Qué estamos defendiendo?

¿Un territorio?

Sí.

¿Una población?

Por supuesto.

¿Una economía?

También.

Pero Israel representa algo más difícil de medir.

Representa una memoria.

Una lengua que volvió a hablarse cotidianamente después de siglos.

Una biblioteca que comenzó a escribirse hace miles de años y todavía continúa creciendo.

Representa Jerusalén, Tel Aviv, Haifa y Beersheba; una yeshivá y una universidad; una sinagoga y un laboratorio; un soldado, un médico, un programador, un músico, un científico y un poeta.

Defender Israel significa defender la posibilidad de que todas esas voces continúen existiendo juntas.

Y precisamente por eso la victoria militar nunca puede constituir por sí sola la victoria definitiva.

El Sanhedrín como idea

El nombre de este periódico, El Sanhedrin Digital, contiene nuestra propuesta.

No pretendemos reconstruir literalmente una institución de la Antigüedad.

Nos interesa recuperar una idea.

Sentar las preguntas alrededor de una mesa.

En el antiguo mundo judío, las grandes cuestiones no desaparecían porque fueran incómodas. Se discutían.

Había argumentos.

Había desacuerdos.

Había mayorías y minorías.

La tradición rabínica incluso conservó opiniones que finalmente no fueron aceptadas.

Eso resulta extraordinariamente moderno.

Significa que una civilización segura de sí misma no necesita borrar las voces diferentes.

Puede escucharlas.

En nuestra época, en cambio, el debate público parece avanzar en dirección contraria.

Las redes sociales recompensan la indignación.

Los algoritmos descubrieron que el enojo mantiene nuestra atención.

La política convierte al adversario en enemigo.

Cada grupo escucha principalmente a quienes ya piensan como él.

Así terminamos viviendo en pequeños imperios digitales donde todos creemos poseer la verdad completa.

Necesitamos recuperar el arte de discutir sin destruirnos.

La nueva espada

Además, la espada del siglo XXI ya no está hecha solamente de metal.

También está hecha de datos, algoritmos, satélites, inteligencia artificial y conocimiento.

La próxima gran competencia entre civilizaciones no ocurrirá exclusivamente en campos de batalla.

Ocurrirá en universidades.

En laboratorios.

En centros tecnológicos.

En sistemas educativos.

En las pantallas de nuestros hijos.

La inteligencia artificial puede convertirse en una de las herramientas más poderosas creadas por la humanidad. Puede ayudarnos a descubrir medicamentos, comprender el universo, crear películas, traducir idiomas y ampliar extraordinariamente el acceso al conocimiento.

Pero vuelve a aparecer la misma pregunta.

No solamente:

¿Qué puede hacer esta tecnología?

Sino:

¿Quién decide para qué debe utilizarse?

La tecnología multiplica nuestras capacidades.

No necesariamente nuestra sabiduría.

Una humanidad capaz de construir máquinas extraordinariamente inteligentes necesitará desarrollar, al mismo tiempo, una cultura extraordinariamente responsable.

De lo contrario tendremos herramientas del futuro gobernadas por impulsos del pasado.

La verdadera victoria

Quizá por eso nuestra generación necesita redefinir la palabra victoria.

Victoria no significa únicamente que nuestros enemigos sean incapaces de destruirnos.

Victoria significa que ellos tampoco consigan convertirnos en aquello que combatimos.

Que nuestros niños sigan estudiando.

Que nuestros científicos sigan preguntando.

Que nuestros artistas sigan creando.

Que nuestros deportistas sigan entrenando.

Que nuestras familias puedan discutir alrededor de una mesa.

Que nuestras ciudades sigan llenas de libros, música, universidades, cafés, sinagogas, teatros y sueños.

Que podamos mirar hacia las estrellas sin olvidar a la persona que está sentada a nuestro lado.

Una nación demuestra su verdadera fortaleza no solamente cuando sabe luchar.

También cuando sabe por qué está luchando.

Entre la espada y la palabra

El mundo probablemente continuará siendo peligroso.

Israel tendrá que defenderse.

Habrá decisiones difíciles.

Habrá enemigos.

Habrá momentos en los que será necesario utilizar la fuerza.

Pero después de cada batalla tendremos que regresar inevitablemente a la misma pregunta:

¿Qué queremos construir?

La respuesta no puede encontrarse solamente en un tanque, un avión o un sistema de defensa.

Tampoco exclusivamente en una computadora.

La respuesta se encuentra en aquello que transmitimos de una generación a la siguiente.

En nuestros libros.

En nuestras escuelas.

En nuestras historias.

En nuestras discusiones.

En nuestra capacidad de transformar conocimiento en sabiduría.

Hace miles de años, la civilización judía descubrió algo extraordinario: un pueblo puede perder su territorio y, sin embargo, conservar una patria portátil construida con palabras.

La Torá viajó con nosotros.

Los libros viajaron con nosotros.

Las preguntas viajaron con nosotros.

Y finalmente nosotros regresamos.

Quizá esa sea una de las grandes lecciones de nuestra historia.

La espada puede proteger una civilización durante una generación.

La palabra puede mantenerla viva durante miles de años.

Por eso Israel necesita ambas.

La espada para defender la vida.

La palabra para darle sentido.

Y por encima de las dos, algo todavía más importante:

la sabiduría para saber cuándo utilizar cada una.


 
 
 

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