El último rezo de Adam
- Abraham David Nissan
- hace 5 días
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Cuento corto — Abraham David Nissan (A.D.N.)
“Todos y cada uno de nosotros, hijos de la Santidad, somos una chispa de Adam”.
Érase una vez…
Nos encontramos en el templo de la Comunidad Sefaradí entre Bosques, Tecamachalco e Interlomas.
¡Cuantos de nosotros no hemos pasado una Fiesta solitarios!
Es Rosh Hashaná.
Año 5787
Afuera, la Ciudad de México despierta lentamente bajo un cielo azul y limpio. Las calles están casi vacías, pero dentro del templo no queda prácticamente un asiento libre.
Dos mil feligreses han venido a rezar.
Hombres vestidos con sus mejores trajes. Ancianos envueltos en talitot blancos. Jóvenes que conversan en voz baja. Niños que observan fascinados los enormes libros de oración que sus padres sostienen entre las manos.
Las mujeres llenan la sección destinada para ellas.
Es el día en que, según nuestros Sabios, fue creado Adam.
Pero también es el día en que coronamos nuevamente al Rey Santo.
HaMélej HaKadosh.
Nadie sabe que Adam está allí.
Sí.
Adam.
El primer hombre.
Está sentado entre todos los demás.
El primer hijo de Di-s.
Aparenta unos cuarenta años. Lleva traje oscuro, camisa y kipá blanca. Tiene barba corta y en sus manos sostiene un majzor idéntico al de todos.
Se pone de pie cuando todos se ponen de pie.
Se sienta cuando todos se sientan.
Responde Amén.
Dice Baruj Hu uvaruj Shemó.
Besa el Séfer Torá cuando pasa cerca de su asiento.
Nadie lo reconoce.
Después de todo, ¿cómo reconocer al primer hombre?
Adam no posee un rostro diferente al nuestro.
Posee todos nuestros rostros.
En algún momento de la mañana, el rabino de la comunidad se dirige hacia el púlpito.
El murmullo desaparece.
—Queridos amigos —comienza—, muchas personas llegan a Rosh Hashaná pensando únicamente en sus errores.
Hace una pausa.
—Pero antes de preguntarnos en qué hemos fallado, debemos recordar algo mucho más importante: fuimos creados por Dios.
Adam levanta lentamente la mirada.
—Cada ser humano —continúa el rabino— fue creado con una misión que nadie más puede cumplir. No permitan que sus fracasos les hagan creer que son pequeños. Si el Santo, Bendito Sea, consideró necesario que ustedes existieran, entonces el universo necesita algo de ustedes.
Adam sonríe.
Una lágrima aparece en sus ojos.
Cuántos miles de años habían pasado desde aquella mañana.
El jardín.
Los árboles.
Los ríos.
La luz.
Eva.
Y aquella Voz preguntando:
—Ayeka?
¿Dónde estás?
Desde entonces Adam había escuchado la misma pregunta en cada generación.
¿Dónde estás?
¿Dónde está el hombre?
¿Dónde está la humanidad?
¿Dónde está aquella criatura a la que Dios entregó Su mundo?
Llega Musaf.
La congregación se pone de pie.
Las voces de dos mil personas comienzan a elevarse hacia la cúpula del templo.
Maljuyot.
Realeza.
Zijronot.
Recuerdos.
Shofarot.
El sonido de la Redención.
Adam abre su talit.
Lo coloca sobre su cabeza.
Por unos instantes desaparece debajo de aquella pequeña tienda blanca.
Entonces cubre completamente su rostro.
Y llora.
No llora por el pecado.
No llora por la expulsión.
Ni siquiera llora por la muerte.
Adam simplemente dice:
—Gracias.
Y vuelve a decir:
—Gracias, Rey del Universo.
Su voz apenas puede escucharse.
—Gracias por haberme creado.
En ese instante ocurre algo que nadie dentro del templo alcanza a comprender.
Una diminuta luz aparece alrededor de Adam.
No proviene de las lámparas.
No proviene del sol.
Es una luz antiquísima.
La primera luz.
Or HaGanuz.
La Luz Oculta.
Aquella que fue creada al principio de la Creación y escondida para los justos en el Mundo Venidero.
La luz atraviesa silenciosamente las paredes del templo.
Cruza Tecamachalco.
Cruza la Ciudad de México.
Cruza océanos, continentes y desiertos.
Ilumina Jerusalén.
Ilumina Roma.
Ilumina Nueva York.
Ilumina aldeas africanas donde los niños corren descalzos.
Ilumina hospitales.
Prisiones.
Sinagogas.
Iglesias.
Mezquitas.
Casas donde alguien acaba de nacer y habitaciones donde alguien acaba de morir.
Pero no se detiene allí.
La luz penetra las piedras.
Y el mineral recuerda que también fue creado.
Penetra los árboles.
Y cada hoja parece inclinarse ante su Creador.
Penetra los animales.
Las aves levantan vuelo.
Los peces atraviesan los mares.
Los leones observan el horizonte.
La luz entra en el corazón de cada ser humano.
Por un segundo inexplicable, millones de personas sienten que no están solas.
Y después asciende.
Más allá de las nubes.
Más allá de las estrellas.
Más allá de las galaxias.
Hasta alcanzar los mundos donde los ángeles cantan eternamente.
Mineral.
Vegetal.
Animal.
Humano.
Angelical.
Toda la Creación queda unida durante un instante por una sola luz.
Entonces suena el shofar.
Tekiaaaaaá…
Un sonido largo atraviesa el templo.
Adam descubre su rostro.
La luz desaparece.
Nadie ha visto nada.
O quizá todos lo han visto sin saber que lo vieron.
⸻
Horas después termina el rezo.
—¡Shaná tová!
—¡Shaná tová umetuká!
Los hombres se abrazan.
Los niños corren hacia las puertas.
Las familias comienzan a marcharse.
En las casas esperan mesas cubiertas con manteles blancos.
Manzanas con miel.
Dátiles.
Granadas.
Vino.
Pan.
Pescado.
Comidas preparadas desde la víspera.
Uno tras otro abandonan el templo.
Hasta que finalmente las enormes puertas se cierran.
Silencio.
Adam permanece sentado.
Solo.
Todavía lleva puesto el talit.
Observa las filas vacías.
Por primera vez desde que comenzó el día parece realmente viejo.
Dos mil personas regresaron con sus familias.
Nadie invitó a Adam.
Porque nadie sabía quién era.
Y porque nadie sabía que no tenía adónde regresar.
Adam baja la mirada.
Recuerda nuevamente el jardín.
Y por encima de todos los recuerdos aparece un rostro.
Eva.
Su compañera.
La mujer con quien descubrió el amor, el miedo, el nacimiento, el dolor y la esperanza.
Adam levanta los ojos hacia el Arca.
—Ribono Shel Olam…
Su voz resuena en el templo vacío.
—He vivido demasiado tiempo sin ella.
Silencio.
—Te pido solamente una cosa para este nuevo año.
Adam cierra los ojos.
—Déjame encontrar a Eva una vez más.
Una última lágrima cae sobre su majzor.
—No solamente a mi Eva. Haz que cada Adam encuentre nuevamente aquello que perdió. Que los padres encuentren a sus hijos. Que los hermanos vuelvan a hablarse. Que quienes están solos encuentren compañía. Que los pueblos recuerden que todos nacimos de una misma humanidad.
Adam respira profundamente.
—Y si este mundo comenzó conmigo…
Mira hacia el lugar donde había sonado el shofar.
—…permíteme estar aquí cuando finalmente sea reparado.
Se pone de pie.
Cubre nuevamente su cabeza con el talit.
Y pronuncia su última plegaria de Rosh Hashaná:
—Padre del Universo, envíanos la Redención final.
En alguna parte del mundo, una mujer abre los ojos.
No sabe por qué.
No sabe a quién está buscando.
Pero durante un instante recuerda un jardín que jamás ha visitado.
Y sonríe.
Muy lejos de allí, en el templo vacío de Tecamachalco, Adam también sonríe.
Porque acaba de comprender que quizás Dios ya ha comenzado a responder.
Shaná Tová.




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