Dios es perfecto

La perfección que no necesita ser completada
Por Abraham David Nissan (A.D.N.)El Sanhedrín Digital
Cuando decimos que Dios es perfecto, solemos imaginar que estamos diciendo que Dios hace todo perfectamente, que nunca se equivoca o que posee todas las virtudes en su grado máximo.
Pero la idea es mucho más profunda.
La perfección divina no significa solamente que Dios sea extraordinariamente bueno, poderoso o sabio. Significa que no le falta nada.
Dios no necesita completarse.
No necesita aprender.
No necesita evolucionar para convertirse mañana en algo superior a lo que es hoy.
Y precisamente ahí comienza una de las grandes diferencias entre Dios y nosotros.
El ser humano está siempre incompleto
El hombre nace necesitando.
Necesita alimento, conocimiento, amor, protección, educación y compañía. Aprende porque ignora. Busca porque carece. Construye porque algo todavía no existe.
Incluso nuestros grandes logros revelan nuestra imperfección.
Inventamos la medicina porque enfermamos.
Construimos casas porque necesitamos refugio.
Escribimos libros porque nuestra memoria es limitada.
Creamos escuelas porque no nacemos sabiendo.
Desarrollamos tecnología porque nuestras capacidades naturales tienen fronteras.
La civilización humana podría contemplarse, desde esta perspectiva, como la maravillosa historia de una criatura incompleta intentando superar sus propias limitaciones.
Dios, en cambio, no necesita superar ninguna limitación.
Dios no está convirtiéndose en Dios
Esta idea es fundamental.
El ser humano vive dentro del tiempo y continuamente se transforma:
fui, soy y seré.
Dios, dentro de la concepción clásica del monoteísmo, no atraviesa un proceso mediante el cual gradualmente alcanza la divinidad.
Dios no está estudiando cómo gobernar el universo.
No está experimentando para descubrir cómo funcionan las estrellas.
No observa las leyes de la naturaleza para aprender de ellas.
Él es la fuente última de aquello que nosotros llamamos existencia, orden y ley.
Por eso la pregunta acerca de la perfección divina no es simplemente:
¿Qué tan perfecto es Dios?
La pregunta más profunda es:
¿Puede aquello que es fundamento último de toda existencia necesitar algo externo que lo complete?
Si necesitara algo, entonces dependería de aquello que necesita.
Y aquello de lo que dependiera sería, en cierto sentido, anterior o superior a Él.
Ya no estaríamos hablando del Dios absoluto.
“Yo seré el que seré”
Cuando Moisés pregunta por el Nombre divino, la Torá presenta una de sus expresiones más enigmáticas:
אהיה אשר אהיה
Ehyeh Asher Ehyeh.
“Seré el que seré” o “Soy el que soy”, según la manera en que se interprete la expresión.
No es una descripción física.
Dios no dice: soy grande, soy fuerte, soy anciano, soy luminoso.
La respuesta apunta al ser.
Antes de preguntarnos cómo es Dios, aparece una cuestión todavía más radical:
Dios es.
Toda criatura posee existencia.
Dios no sería simplemente otra criatura dentro del inventario del universo.
El Sol existe.
Las galaxias existen.
Los ángeles existen.
Nosotros existimos.
Pero todos estos seres dependen de condiciones que permiten su existencia.
La concepción divina conduce hacia algo diferente: una realidad que no recibe su existencia de otra.
La perfección no significa comodidad
Aquí surge una dificultad.
Si Dios es perfecto, ¿por qué existe un mundo imperfecto?
¿Por qué existen dolor, injusticia, enfermedad, guerras, errores y muerte?
Es probablemente una de las preguntas religiosas más difíciles de la historia.
Pero hay que distinguir entre dos afirmaciones:
Dios es perfecto.
y
el mundo es perfecto desde nuestra perspectiva.
No son la misma afirmación.
La Torá comienza precisamente con un mundo que debe desarrollarse. Adam recibe responsabilidades. La humanidad recibe mandamientos. La tierra debe trabajarse. La justicia debe construirse.
El hombre aparece dentro de una creación en la cual tiene algo que hacer.
Eso significa que nuestra imperfección no necesariamente contradice la perfección divina.
Podría formar parte precisamente de nuestra condición como criaturas.
Un ser humano completamente terminado desde su nacimiento no tendría que aprender, elegir, arrepentirse, crear, amar conscientemente ni crecer.
Sería otra clase de ser.
La libertad necesita posibilidades
La perfección divina tampoco convierte al hombre en una marioneta.
Si existe libertad moral, entonces debe existir la posibilidad de elegir incorrectamente.
Una elección donde solamente existe una opción posible no es verdaderamente una elección.
La Torá coloca frente al hombre bendición y maldición, vida y muerte, bien y mal, y después le exige elegir.
Aquí aparece una paradoja fascinante:
un Dios perfecto puede crear criaturas imperfectas capaces de perfeccionarse.
Nuestra imperfección no tiene por qué ser solamente un defecto.
También es espacio.
Espacio para crecer.
Espacio para hacer teshuvá.
Espacio para aprender.
Espacio para convertirnos en algo que todavía no somos.
Dios no necesita nuestra adoración
Esta idea tiene una consecuencia poderosa.
Si Dios es perfecto, Dios no necesita nuestros rezos para sentirse importante.
No necesita nuestros elogios.
No necesita templos para tener una casa.
No necesita sacrificios para alimentarse.
No necesita que defendamos Su honor porque padezca inseguridad.
Entonces, ¿para quién son los mandamientos, las plegarias y el trabajo espiritual?
Para nosotros.
El rezo transforma al hombre que reza.
La justicia transforma a la sociedad que la practica.
La caridad transforma tanto al mundo como al individuo que aprende a dar.
La Torá no completa a Dios.
La Torá intenta completar al hombre.
El infinito y lo finito
Aquí encontramos quizá la imagen más hermosa.
Nosotros somos finitos intentando comprender lo infinito.
Es como si una pequeña copa intentara contener un océano.
La copa puede llenarse de agua verdadera del océano, pero jamás contener el océano entero.
Así ocurre con nuestro conocimiento de Dios.
Podemos hablar de Su justicia.
De Su misericordia.
De Su unidad.
De Su sabiduría.
De Su presencia.
Pero nuestras palabras siguen siendo humanas.
Decir “Dios es perfecto” no significa que finalmente hemos definido a Dios.
Significa precisamente reconocer el límite de nuestras definiciones.
El espejo
Tal vez por eso la pregunta más importante no sea si Dios es perfecto.
La pregunta puede ser:
¿Qué hacemos nosotros frente a la perfección?
Porque el propósito espiritual no consiste en convertirnos en Dios.
Consiste en acercarnos a aquello que reconocemos como divino.
Si Dios representa justicia, buscamos justicia.
Si representa misericordia, practicamos misericordia.
Si representa verdad, perseguimos la verdad.
Si representa unidad, intentamos superar la fragmentación.
Y si representa perfección, nosotros —precisamente porque somos imperfectos— caminamos.
Caemos.
Aprendemos.
Corregimos.
Volvemos a caminar.
Quizá esa sea una de las diferencias más hermosas entre el Creador y la criatura:
Dios es perfecto.
El hombre puede perfeccionarse.
Y entre ambas ideas se encuentra todo el viaje espiritual de la humanidad.
A.D.N.El Sanhedrín Digital




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