El Jedi que escribe

Yoda quemó los libros. El Jedi de nuestros días vuelve a escribirlos.
Por El Sanhedrín Digital
Hay una de las escenas más extrañas y filosóficas de Star Wars: aquella en la que Luke Skywalker se encuentra frente al antiguo árbol que custodia los textos sagrados de la Orden Jedi.
Luke duda.
Los libros están allí.
Siglos de tradición, enseñanzas, reglas, historias y conocimiento acumulado.
Y entonces aparece Yoda.
Un relámpago cae sobre el árbol.
Las llamas comienzan.
Y Yoda se ríe.
Parece que los antiguos textos Jedi han sido destruidos.
La ironía es magnífica: durante generaciones los Jedi protegieron textos que, según la provocadora observación de Yoda, quizá muy pocos habían leído realmente.
Pero detrás de la broma existe una pregunta mucho más profunda:
¿Para qué sirve un libro que nadie lee?
La biblioteca no convierte a nadie en Jedi
Poseer conocimiento no significa comprenderlo.
Podemos tener miles de libros almacenados y continuar siendo ignorantes.
Podemos memorizar cientos de reglas y no comprender su espíritu.
Podemos conocer perfectamente un código moral y jamás aplicarlo.
Yoda parece atacar precisamente esa confusión.
El conocimiento no se encuentra solamente en el objeto llamado libro. El libro es un recipiente.
El verdadero conocimiento tiene que atravesar al lector.
Tiene que transformarlo.
Por eso resulta interesante imaginar al Jedi contemporáneo de una manera completamente diferente.
El Jedi de nuestros días quizá no sea únicamente el guerrero silencioso que medita con los ojos cerrados.
Quizá sea también un ávido escritor.
El sable de luz y la pluma
La imagen tradicional del Jedi está asociada al sable de luz.
Pero existe otra arma mucho más antigua:
la palabra.
Un sable puede defender un cuerpo.
Una palabra puede atravesar generaciones.
Un combate puede durar algunos minutos.
Un libro puede continuar hablando durante mil años.
El Jedi escritor comprende algo fundamental: las batallas más importantes de una civilización no siempre ocurren entre ejércitos.
También ocurren dentro de la memoria.
Dentro del lenguaje.
Dentro de las historias que una generación transmite a la siguiente.
Por eso escribe.
Escribe cuentos.
Escribe poesía.
Escribe filosofía.
Escribe recuerdos.
Escribe preguntas.
Escribe incluso aquello que todavía no comprende.
Porque escribir también es una forma de meditación.
Yoda destruyó un libro; no destruyó la sabiduría
Ésta es quizá la paradoja.
Yoda puede quemar una biblioteca, pero no puede quemar aquello que ya ha sido comprendido.
La sabiduría verdadera ha dejado de pertenecer al papel.
Ahora vive dentro del discípulo.
Pero existe también el movimiento inverso.
Una vez que el discípulo aprende, necesita volver a escribir.
No necesariamente para copiar literalmente las palabras de los maestros antiguos, sino para transmitirlas nuevamente utilizando el lenguaje de su generación.
Cada época necesita sus propios escritores.
Cada generación necesita traducir las grandes preguntas humanas a su propio universo.
Y allí aparece nuestro Jedi moderno.
No está sentado esperando encontrar el último manuscrito perdido de la Orden.
Abre su computadora.
Mira la página en blanco.
Y comienza.
El Jedi como escriba
Curiosamente, esta imagen acerca a nuestro Jedi imaginario a una tradición muchísimo más antigua.
En el mundo de la Torá, escribir nunca fue una actividad secundaria.
El sofer, el escriba, preserva las palabras con extraordinario cuidado.
La transmisión escrita conecta generaciones que jamás llegaron a conocerse personalmente.
Moisés escribe.
Los profetas hablan y sus palabras quedan registradas.
Los sabios discuten.
Las generaciones posteriores comentan aquellas discusiones.
Después aparecen comentarios sobre los comentarios.
Y posteriormente nuevos libros que intentan comprender los anteriores.
Es una conversación que atraviesa milenios.
Desde esta perspectiva, el verdadero problema nunca fue que existieran libros.
El problema sería tenerlos y no estudiarlos.
Una biblioteca cerrada puede convertirse en un mausoleo.
Una biblioteca abierta se convierte en una conversación entre los vivos y los muertos.
El Código Jedi todavía no ha terminado
Quizá por eso el Código Jedi jamás podría quedar definitivamente escrito.
Cada generación tendría que enfrentarse nuevamente a sus preguntas.
¿Qué significa controlar el miedo?
¿Qué diferencia existe entre disciplina y represión?
¿Cuándo debe intervenir un guerrero?
¿Cuándo debe guardar silencio?
¿Qué significa servir a la justicia?
¿Qué ocurre cuando las instituciones que deberían proteger el bien se corrompen?
¿Qué hacemos con nuestros propios fracasos?
Esas preguntas no caben completamente dentro de un manual.
Necesitan historias.
Necesitan experiencias.
Necesitan nuevos autores.
El Jedi de nuestros días
Nuestro Jedi contemporáneo probablemente carga menos libros en una mochila que Luke Skywalker.
Tiene una biblioteca digital.
Un teléfono.
Una computadora.
Miles de documentos.
Acceso instantáneo a millones de textos.
Y precisamente por eso enfrenta el mismo peligro que aquellos antiguos guardianes Jedi:
tener acceso a todo y profundizar en nada.
El Jedi moderno combate esa superficialidad escribiendo.
Cuando escribe tiene que detenerse.
Ordenar las ideas.
Escoger palabras.
Preguntarse qué piensa realmente.
Releer.
Corregir.
Eliminar.
Volver a comenzar.
Escribir se transforma entonces en entrenamiento Jedi.
La página en blanco es el dojo.
La concentración es la disciplina.
La imaginación es la Fuerza.
La palabra es el sable.
El último libro Jedi
Imaginemos entonces una última escena.
Una biblioteca antigua arde.
Los textos desaparecen entre las llamas.
Yoda sonríe.
Siglos después, en algún lugar de nuestra galaxia, un hombre se sienta frente a una página completamente blanca.
No posee los antiguos libros Jedi.
No conoce todas las respuestas.
Ni siquiera pretende conocerlas.
Pero tiene algo que quizá sea más importante:
una pregunta.
Escribe la primera línea.
Después la segunda.
Después una página.
Luego otra.
Hasta que aparece un nuevo libro.
Porque posiblemente Yoda nunca quiso enseñarnos que los libros carecen de importancia.
Quizá quiso enseñarnos algo mucho más incómodo:
no sirve de nada custodiar un libro que nunca tendremos el valor de abrir.
Y el Jedi de nuestros días ha decidido ir todavía más lejos.
No solamente abre los libros.
Los escribe.
Y mientras exista alguien dispuesto a leer, pensar, discutir y volver a escribir, la biblioteca Jedi nunca podrá ser destruida completamente.
Porque la verdadera biblioteca no está dentro del árbol.
Está dentro de la mente.
Y cada nueva página vuelve a encender la luz.




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